Caótica Ana, vidas paralelas y una muerte anunciada
Una blanca paloma, tan dócil e inofensiva, surca el cielo azul, acariciada por el viento suave y embriagador. En tierra, un grupo de hombres comentan orgullosamente las cualidades y las virtudes de un halcón, que cuidan con mucho esmero y al cual cubren con una especia de mascara para mantenerlo “dormido”.
A pedido general uno de los cuidadores descubre al halcón que, aun medio dormido, es repentinamente embarrado por una porción de excremento de la inocente paloma que vuela sobre ellos. Sorprendidos los cuidadores no les queda más remedio que limpiar presurosos al pobre halcón que da alaridos de sorpresa, como si de una bajeza se tratara mostrarse sucio y ridiculizado antes los demás.
De pronto, como si el halcón se lo pidiera, el cuidador suelta al ave rapaz que se eleva velozmente dispuesta a limpiar su honor ante tan “insignificante” ave. Con la destreza que caracteriza a su raza el halcón hiere mortalmente a la pobre paloma y retorna jubiloso a los brazos de los hombres.
La desafortunada paloma, herida de muerte, cae, y cae. En la caída su silueta se transforma en un estropajo, inservible, inútil, que cae despreciado por todos, ignorado por ser eso mismo una simple paloma. De un golpe cae en el suelo sangrante, inmóvil, totalmente desgarrada, esperando su injusto destino. Sus ojos se cierran suavemente.
Es la primera secuencia de la película Caótica Ana, de Julio Médem, un realizador español también director de Lucia y el sexo. Me tome la libertad de escribir esa introducción porque me pareció un poco lo que el argumento es en esencia, la injusta lucha eterna y desigual del débil contra el fuerte.




